VIDA Y ESPACIOS PÚBLICOS: DE LO COLECTIVO EN EDIFICIOS PARA LA SALUD

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Autor: Nicola Paltrinieri

El tejido de una ciudad está formado por una alternancia entre vacío y edificación, espacio público y espacio privado. El sentido común identifica en el espacio abierto –la plaza, las calles– el corazón de la vida pública, que en el fondo constituye la esencia misma de la ciudad. Pero la vida pública también se refleja al interior de los edificios, y es uno de los ingredientes más importantes en la creación de espacios saludables.

«La arquitectura es fundamentalmente un espacio público donde la gente puede encontrarse y comunicar, pensar en la historia, pensar en las vidas de los seres humanos, o en el mundo», afirmaba el premio Pritzker Tadao Ando. «Toda arquitectura tiene una natura pública, creo, por eso quiero dar forma a un espacio público».

La importancia de crear arquitectura saludable y abierta, capaz de crear un impacto positivo en sus usuarios y en la comunidad, es un asunto ampliamente compartido entre los profesionales involucrados en la promoción de edificaciones de cierta envergadura. Sin embargo, muchas veces esta necesidad tiene que lidiar con la presión del mercado, que tiende a obviar los costes sociales ocultos que las operaciones inmobiliarias más agresivas pueden ocasionar.

La tensión entre las necesidades comerciales del cliente y las necesidades de la colectividad ha visto nacer episodios de arquitectura hostil, donde el espacio público facilitado por las nuevas edificaciones bajo el impulso de las normativas urbanísticas se privatiza e inutiliza recurriendo a oportunos artificios arquitectónicos o de diseño.

En el diseño de cualquier arquitectura, el arquitecto es llamado a cumplir con un programa, que incluye el respeto a vínculos físicos y normativos, acorde con las peticiones de los clientes. Sin embargo, es responsabilidad del proyectista encontrar la dimensión pública del edificio, y hacerla interactuar con la ciudad.

En su presentación del tema «Freespace» propuesto en la Biennale di Architettura de Venecia 2018, Yvonne Farrell, partner de Shelley McNamara en Grafton Architects, subrayaba cómo el arquitecto siempre navega entre un edificio bajo comisión y el arte, y cualquier desequilibrio entre estas dos dimensiones constituye un error capital. Es preciso que el proyecto siempre tenga un elemento de generosidad hacia sus usuarios y la ciudad para que se pueda hablar de buena arquitectura.

En este contexto, el papel del arquitecto es fundamental en el proceso de encontrar el equilibrio entre espacio público y espacio privado, para dar forma a una arquitectura donde los usuarios no se sientan invadidos y, a la vez, la colectividad pueda por lo menos en parte disfrutar de espacios de otra forma alienados a la ciudad.

Abrazando la idea de la arquitectura como arte eminentemente social, ya teorizada por Giovanni Muzio en los años veinte del siglo pasado, el desarrollo de la actividad profesional en Pinearq –volcada en mucha parte hacia la arquitectura de vocación sanitaria– nos ha puesto delante de un reto: ¿qué se entiende en estos casos por «espacio público»? Y, ¿qué oportunidades puede ofrecer la apertura a la vida ciudadana de un ambiente tradicionalmente cerrado como el de un hospital?

El hospital es un edificio que da respuesta a las necesidades de una parte muy vulnerable de la población. La idea de mejorar el espacio público en este contexto nos permite extender la noción de curación más allá del tratamiento sanitario, hacia un programa social más amplio: en lugar que segregar al paciente, invitar al ciudadano a utilizar el edificio y a sus áreas públicas, para convertir el acto de curarse en una actividad social.

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